Más allá de los detectores y torniquetes

Picture of Leticia Araya

Leticia Araya

Vicerrectora de Apoyo Estudiantil Usach

Uno de los desafíos que persisten en el debate educacional en Chile, especialmente en el ámbito de la educación pública, es que con frecuencia las discusiones y decisiones se organizan por niveles, como si cada etapa respondiera a realidades independientes: la educación parvularia, la escolar y la superior avanzando en carriles paralelos. Sin embargo, la experiencia muestra que la educación no ocurre en fragmentos, sino que constituye una trayectoria continua, profundamente interconectada, donde lo que sucede en una etapa repercute inevitablemente en la siguiente, a corto, mediano y largo plazo.

En ese sentido, cada etapa educativa deja huellas en la siguiente. Lo que se fortalece, o se debilita, en los primeros años reaparece más adelante en la escuela y también en la educación superior. Por ello, cuando el país discute sobre educación, fragmentar el análisis limita la posibilidad de construir respuestas más integrales y sostenibles en el tiempo.

Desde el quehacer propio de las instituciones de educación superior, este enfoque resulta relevante. Las universidades no son un punto de llegada al final del proceso educativo, sino también espacios que forman a quienes luego se desempeñarán en aulas, equipos de orientación, comunidades educativas y espacios de decisión pública. Asimismo, generan conocimiento y evidencia que pueden contribuir a comprender mejor los desafíos que atraviesa el sistema en su conjunto.

En este marco, el debate actual sobre convivencia y violencia escolar interpela también al mundo universitario. Lo que hoy ocurre en diversos establecimientos educacionales da cuenta de tensiones sociales más amplias: fragilidad en los vínculos, dificultades en la gestión de conflictos, y un malestar que trasciende lo estrictamente escolar.

Es evidente que existen contextos en los que se requieren respuestas inmediatas para resguardar la seguridad de las comunidades educativas. Sin embargo, si bien medidas como torniquetes o detectores de metales pueden contribuir a enfrentar situaciones de urgencia, por sí solas difícilmente abordan las causas más profundas del problema. Cuando una comunidad educativa requiere este tipo de mecanismos para sentirse segura, el desafío no se agota en su implementación; más bien, invita a mirar con mayor profundidad las condiciones que lo originan. Supone, en definitiva, avanzar hacia espacios educativos donde la convivencia no sea solo un requisito, sino también parte esencial del proceso de aprendizaje.

En esa tarea, el apoyo estudiantil no puede verse como algo secundario, porque también forma parte esencial de educar. Acompañar trayectorias significa construir comunidad: asegurar acceso a beneficios, abrir espacio para el deporte, la cultura y promover hábitos de vida saludable. Estas son herramientas concretas para prevenir el aislamiento y favorecer la convivencia.

Desde el ámbito universitario, este escenario también plantea desafíos concretos: cómo formamos a futuros profesionales, cómo acompañamos a nuestros propios estudiantes y cómo contribuimos, desde la generación de conocimiento y la vinculación con el medio, a la construcción de respuestas más integrales. 

En ese sentido, aportar a una comprensión más profunda de estos fenómenos y a la búsqueda de soluciones sostenibles no es solo una posibilidad, sino que forma parte del rol público que las instituciones de educación superior están llamadas a cumplir.

Sigue leyendo