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Marcelo Oliva, Dr. en Oceanografía Biológica y académico de la Universidad de Antofagasta, entregó detalles de misión científica al fondo del mar.

 

En uno de los lugares más extremos del planeta, a 8 mil metros de profundidad y en un ambiente de eterna oscuridad, la vida adopta la forma de pequeños crustáceos similares a camarones (anfípodos) e invertebrados parecidos a pepinos de mar (holoturias). Así lo comprobaron los científicos que tomaron parte en la expedición “Atacama Hadal”, que consiguió llevar por primera vez seres humanos al punto más profundo de la Fosa de Atacama, ubicado justo frente a las costas de Antofagasta, en una aventura que, por su complejidad, incluso fue comparada con el viaje del hombre a la Luna.

En la misión científica tomaron parte investigadores de distintas universidades del país asociados al Instituto Milenio de Oceanografía (IMO-Chile), con apoyo del estadounidense Víctor Vescovo, quien junto a su equipo, y a bordo de la embarcación “DSSV Pressure Drop”, lleva años explorando los puntos más recónditos de los mares.

El académico de la Facultad de Recursos del Mar de la Universidad de Antofagasta, Dr. Marcelo Oliva Moreno, fue uno de los integrantes de la expedición y no tiene dudas respecto a su relevancia. Para el investigador, haber llegado al fondo marino y ser testigo de lo que ahí habita, “es uno de los hitos más importantes de la ciencia oceanográfica chilena, con repercusiones a nivel global”

 

¿Cómo se gesta esta experiencia?

Estaba el antecedente de la expedición Atacamex, que realizamos en 2018 y en la cual usamos trampas para recoger muestras de material biológico en la Fosa de Atacama, entre ellas, un pequeño anfípodo que luego caracterizamos. Y aquí comienzan a generarse algunas casualidades, porque un colega que participó en la descripción de esas muestras conocía a Víctor Vescovo y su trabajo en el proyecto “Five Deeps”, que es un programa para bajar a las fosas más profundas del planeta. Ahí se genera una colaboración y se comienza a planificar esta nueva expedición, con la ventaja que ahora haríamos descensos tripulados en un minisubmarino especial, llamado “DSV Limiting Factor”.

 

¿Cuántos descensos se hicieron?

Estaban programados tres, pero se hicieron dos, en el primero bajó Osvaldo Ulloa, director del IMO-Chile, y en el segundo Rubén Escribano, subdirector del mismo instituto y que fue académico de la UA y ahora está en la U. de Concepción. En ambos el piloto del submarino fue Víctor Vescovo.

 

¿Se había probado el submarino a esas profundidades?

El DSV Limiting Factor había bajado exitosamente a varias fosas marinas en distintas partes del mundo. Piensa que este submarino está certificado para resistir presiones máximas de 12 mil a 14 mil metros, es decir, es un equipo extraordinariamente sofisticado y seguro.

 

¿Se ha comparado el descenso a la fosa con la llegada del hombre a la Luna, usted qué opina?

Son cosas distintas, pero en cierta medida uno podría decir que llegar a la Luna es más fácil que llegar al fondo del mar, porque lo que tienes que hacer para sobrevivir en el fondo marino es generar equipos, instrumentos y vehículos capaces de soportar presiones brutales. A 8 mil metros de profundidad tienes 800 atmósferas de presión, eso es tremendo, considera que el cuerpo humano ya comienza a sufrir los efectos de la presión a los 30 metros. Por el contrario, para ir a la Luna la tecnología de protección del humano es la inversa. Debes tener un sistema que te permita generar presión. Ambas hazañas representan desafíos distintos en lo tecnológico, pero sin duda ir a 8.000 metros y regresar con muestras de los organismos que viven ahí, es un inmenso logro.

 

¿Cómo fueron los descensos?

Todo el proceso dura alrededor de 10 horas, sumando tiempo de descenso, observación y retorno. Yo diría que había bastante nerviosismo en el grupo porque sabíamos que era un hito muy importante y porque, aunque se trata de un equipo extraordinariamente seguro, siempre hay una posibilidad mínima de fallo. Lo bueno es que durante todo ese periodo siempre estuvimos en contacto con nuestros colegas.

 

¿Qué pasó cuando el submarino llegó al fondo marino?

Cuando informan que estaban en el fondo, fue un instante de fuerte emoción. Recuerdo que Osvaldo comienza a describir el paisaje y habla de una especie de tapiz microbiano y de estas formas de vida, principalmente holoturias y anfípodos, cuya presencia era bastante abundante. Fue muy emocionante comprobar que, pese a todo lo que se creía hace 30 o 40 años, hay vida allá abajo. Yo diría que una de las conclusiones de esta expedición es precisamente que nos demuestra que existe vida incluso en los puntos más recónditos del planeta, y por eso pretender que la vida está circunscrita a lo que conocemos a nivel del mar es un tremendo error.

 

¿Qué tipo de vida encontraron?

Holoturias había muchas, anfípodos también. Nosotros en la expedición de 2018 encontramos pocos anfípodos, recuerdo dos grandes y todos los demás eran pequeños, lo que llamó mucho la atención porque se pensó que podían ser especies distintas. Ahora, con las trampas nuevas que llevamos, pudimos hacer una composición por tallas, entonces tenemos desde los grandes a los pequeños, y eso permite realizar otro tipo de estudios.

 

¿Puede haber vida más compleja a esa profundidad, peces por ejemplo?

Nosotros estábamos muy interesados en hallar peces. Hay registros de peces a 6 – 7 mil metros en la fosa, frente al Callao, Perú. Por eso para esta expedición diseñamos trampas especiales, pero nos fue mal con los peces, lo que no quiere decir que no existan. Tiene que haber más vida allá abajo, pero no teníamos los equipos o el tiempo suficiente para hallarla.

 

¿Cómo es el fondo marino a 8 mil metros de profundidad?

Muy irregular. Se observaron zonas de planicie y también zonas de fuertes accidentes, no es una llanura. Hay que recordar que esta fosa está en la zona de subducción entre la placa Sudamericana y la de Nazca, y por ende está en constante cambio.

 

¿Cómo cambia su mirada de la biología marina después de esta expedición?

Hace décadas plantear la posibilidad de vida a 8 mil metros de profundidad era una locura, porque no se conocían una serie de procesos fisiológicos que permiten que los organismos vivan a esas profundidades. Por eso observar esta gran diversidad es emocionante y abre una ventana de oportunidad muy amplia en términos de investigación. Es increíble ver cómo estos organismos se han adaptado a esas tremendas presiones, constatar que la cantidad de materia orgánica que cae al fondo marino para sostener esta diversidad, tiene que ser alta, porque ahí no existe producción primaria y no hay otra forma de alimentación. Fue muy impresionante.

 

¿En lo personal qué significa haber formado parte de esta expedición?

Para un biólogo marino haber tenido la oportunidad de participar en esta expedición que marca un hito en la oceanografía y la biología marina chilena y mundial, es emocionante. Poner por primera vez a dos chilenos a 8 mil metros, te llena de satisfacción, pensando en lo que puede significar para la oceanografía del futuro.

 

¿Qué viene ahora?

Estamos partiendo en esta historia, queda por evaluar lo que trajimos, por ejemplo, ya tenemos material para estudiar la biología de los anfípodos, y mi esperanza, si es que tenemos la oportunidad de participar en nuevas expediciones, es acceder a muestras de peces. Esa es mi aspiración personal, pero además hay una serie de otras dimensiones de investigación que se pueden desarrollar.

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