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Las Universidades Estatales. Columna de José M. Piquer. Director de Tecnologías de Información y Comunicaciones de la Universidad de Chile publicada en el diario El Mercurio el lunes 28 de agosto de 2017

Las Universidades Estatales
 

José M. Piquer. Director de Tecnologías de Información y Comunicaciones 
Universidad de Chile 
 

Hay que ser sinceros y reconocerlo, incluso hoy en que muchos jóvenes odian el lucro y lo privado y han vuelto a creer un poco en lo público: hablar de un liceo estatal, o de un hospital estatal, o de un restaurant estatal, y pensar en uno privado, usualmente vamos a dar por sentado que el privado es de mejor calidad.

Lo más probable es que ese sesgo afecte también a las universidades, aunque de menor manera: en una universidad privada esperamos mejor infraestructura, mejores restaurantes, etc. Pero, curiosamente, la mayoría de la gente, en el mundo y también en Chile, sigue asociando universidad privada con peor calidad de su educación y de sus académicos.

Desgraciadamente, en esta discusión no hay nada fácil ni simple de catalogar, y los términos tienden a abusarse y a modificarse en el tiempo. Por ejemplo, asociamos universidad privada a fines de lucro, y eso no es siempre cierto. Algunas de las mejores universidades del país son privadas (les decimos tradicionales para no confundirlas), como la Universidad de Concepción, la Universidad Federico Santa María y la Universidad Católica (en realidad esta última actúa como una Universidad Estatal, ¡pero del Estado Vaticano!).

En términos precisos, se puede decir que las universidades con fines de lucro (que en varios países son legales) nunca son las mejores universidades de ningún país. En Chile, aunque no queramos decirlo, tenemos varias de esas disfrazadas de sin fines de lucro. Se ha visto en el mundo que estas instituciones han servido para masificar una educación superior de mediana calidad, como una especie de educación técnica de buen nivel. Lo malo es que entregan títulos universitarios, lo que resulta en un engaño para mucha gente, ya que al final el mercado los valida sólo como equivalentes a un técnico. 

Dejando de lado ese grupo, concentrémonos en las universidades buenas, las que generan los mejores profesionales, los mejores postgrados y la mejor investigación (y que debieran cooperar con la mejor innovación tecnológica, pero eso, en Chile, es aun un sueño por construir). En ese grupo, tenemos una bonita mezcla en Chile entre universidades estatales y universidades privadas sin fines de lucro (de verdad en este caso). Entonces, ¿por qué estamos peleando por aprobar un ley especial para las universidades del estado? ¿No sería mejor una ley para todas las buenas? ¿Qué diferencia a las estatales de las otras?

No son preguntas fáciles, y siempre sospechamos que pueden haber respuestas desagradables: es porque quieren más plata, porque son ineficientes, porque están asustadas con las privadas que les compiten, etc. 

Yo he pasado mi vida profesional trabajando un una estatal, y conozco bien sus fortalezas y debilidades, y he sufrido y gozado de todos sus vicios y virtudes. Y me he pasado pensando en estas preguntas. Y no es fácil. Por ejemplo, la Universidad de Chile se parece mucho a la Universidad de Concepción, y somos socios naturales en muchos proyectos. Sin embargo, una es estatal y la otra privada. De hecho, en algún momento de mi carrera académica me sorprendió enterarme que no era estatal. A cambio, la Universidad de Chile es profundamente distinta a la Universidad Católica y eso es bien curioso, porque en indicadores de calidad y productividad somos bien parecidos. He terminado creyendo que las instituciones no sólo existen, sino que tienen alma, tienen opinión y moral. Lo que es bastante sorprendente si uno piensa que al final son muchas las personas que trabajan en ellas y todas opinan de forma diferente. De hecho, no debemos confundir la opinión de la institución con la de su rector, aunque obviamente tienden a parecerse.

Volviendo a las preguntas de base, creo que el mundo inventó las universidades estatales como una forma de defenderse de los intereses creados, de las presiones y creencias, de las visiones políticas y sesgos de todo tipo. Tal como se inventó el método científico, se creó una institución que lo protege, lo ejerce a ultranza y mantiene una independencia absoluta, cueste lo que cueste. Para esto, se definió que el Estado hacía un aporte basal a la universidad y, a cambio de ello, el conocimiento debía ser de dominio público y quedar como aporte para el país y la sociedad toda. Para evitar una captura por el gobierno de turno o las corrientes políticas imperantes, siempre se ha defendido la autonomía universitaria: su independencia total de gestión, que implica el decidir cómo se gastan estos recursos, sin injerencia de su dueño. 

El sistema nunca fue perfecto, y las fuerzas detrás de estos intereses han inventado todo tipo de astucias para penetrar la torre de marfil y a veces lo logran, generando publicaciones científicas que demuestran falsedades o verdades a medias. Creo que el sistema de universidades privadas en Chile también ha sido abusado por estas fuerzas para lograr sus objetivos: hay sectas religiosas, partidos políticos y grupos empresariales detrás de muchas de nuestras nuevas universidades. Esto es muy peligroso, no sólo por los profesionales que forman sino por la investigación que generan. Si un día una universidad demuestra que la raza blanca es más inteligente que las demás, ¿preguntaremos qué universidad fue? El aceptar sesgos en las instituciones daña la credibilidad del conocimiento que generamos, daña el futuro del país. Hoy no podemos ni siquiera medir objetivamente la pobreza en Chile, porque hay un sesgo en qué universidad hace la medición.

En el mundo, desde los años ochenta, hubo una tendencia fuerte a disminuir los presupuestos y la importancia de las universidades estatales. Se creyó que el mercado podía dinamizar y fortalecer el sistema universitario. En todas partes, hoy vemos que esto no ha funcionado bien: hemos masificado el acceso a la universidad, pero hemos desperfilado a las universidades mismas en el proceso. Ya es muy tarde para deshacer todo lo andado, pero sí es hora de volver a pensar en el sistema estatal que habíamos abandonado a su propia suerte.

No hemos inventado aún un mejor sistema que la Universidad Estatal (y autónoma) para defender la independencia de la investigación y el conocimiento. En los tiempos que corren, de noticias falsas y creencias absurdas replicadas por las redes sociales, necesitamos más que nunca ciencia objetiva, de nivel mundial, que nos entregue resultados creíbles y lo más libres de sesgo que sea posible. Como alguien decía, todos tenemos derecho a nuestra propia opinión, pero no a nuestros propios datos.

Hay universidades privadas que cumplen bien con esta función. Pero sólo las estatales están garantizadas de cumplirla.

Es hora de aprobar una ley que defina qué son y cómo operan las universidades estatales en Chile, garantice su financiamiento y calidad, de modo de volver a tener un sistema fuerte, que nos defienda de las fuerzas que quieren reemplazar el conocimiento y la ciencia por creencias e ideologías.

Fuente: El Mercurio. Economía y Negocios. Lunes 28 de Agosto de 2017. http://www.economiaynegocios.cl/noticias/noticias.asp?id=391756